sábado, 2 de julio de 2011

las palabras

De no tener vuelo el poeta, no habría poesía, no habría palabra. Toda Palabra requiere un alejamiento de la realidad a la que se refiere; toda palabra es también, una liberación de quien la dice. Quien habla aunque sea de las apariencias, no es del todo esclavo; quien habla, aunque sea de la más abigarrada multiplicidad, ya ha alcanzado alguna suerte de unidad, pues que embebido en el puro pasmo, prendido a lo que cambia y fluye, no acertaría a decir nada, aunque este decir sea un cantar.

María Zambrano, de Filosofía y Poesía

jueves, 23 de junio de 2011

Poema XI



Cómo clonarte,
los ojos de agua y cielo

que abrasan y llaman.
Con boca,

la tuya, la besada
y este ardor
que me es caro.

Querido y desado.
Va y viene,

desde la tarde hacia el norte,
con el viento y la imaginación
que me reclama
me arrastra por el paisaje
y me dejo observar por él.

Es cruel la batalla,
perdida, la guerra
antes de concluir siempre.

Todo es ficción y me entrego candoroso
al juego en palabras
me seducen, como tu boca

convoca mirada.
Viene de lejos y retoña
desde lo hondo,
allá en el alma y el corazón.
Y parece un sin fin
de no poder sanar,
sanar la tristeza,
"nostalyia"
de todo lo hermoso,
de los ojos de mar y cielo
y de la boca deseadea y besada
de la distancia
del juego, de la ficción,
de lo que no está pero estuvo.

Ay, cuan caro resulta
este amor
que se evapora,
como el alcohol,
evanescer de un amor
que siempre vuelve,
porque no se ha ido

pero no puede ser.



Por Gonzalo Sueiro

miércoles, 22 de junio de 2011

Poema X


Recuerdo el frío
que abre una grieta,
Miro y te veo allí
pero yo soy otro.
Miró y te veo, hermosa,
en la arena
azabache, toda.
Recuerdo el frío, como un rastro
memoria que también crea
hace suya
transforma
y entonces te veo allí
solitaria ante mis ojos
que nos ven,
sobre la arena.
A través de la grieta,
desnudos
amados,
perdidos.
¿qué recuerda el frío?
jóvenes y solitarios,
desde las grietas
nos vemos y nos amamos.
¿Somos?
¿Y quiénes nos ven?
Ahora el recuerdo
tórnase en fantasma o
bruma,
espacio irreal
que refleja un frío sin piel.
abstracto. una memoria abstracta
recuerda un frío que no es piel
sobre una arena azabache,
especular.
Dos que no son,
¿maniquí?
se amaron.


Por Gonzalo Sueiro

sábado, 19 de febrero de 2011

Ernesto Cardenal




Ernesto Cardenal, poeta nicaragüense.


Al perderte yo a ti tú y yo hemos perdido:
yo porque tú eras lo que yo más amaba
y tú porque yo era el que te amaba más.
Pero de nosotros dos tú pierdes más que yo:
porque yo podré amar a otras como te amaba a ti
pero a ti no te amarán como te amaba yo.

viernes, 18 de febrero de 2011

El poeta no teme a la nada


María Zambrano con Zampuico


"El poeta saca de la humillación del no ser a lo que en él gime, saca de la nada a la nada misma y le da nombre y rostro. El poeta no se afana para que de las cosas que hay, unas sean, y otras no lleguen a este privilegio, sino que trabaja para que todo lo que hay y lo que no hay, llegue a ser. El poeta no teme a la nada."




María Zambrano, de Filosofía y Poesía.

jueves, 17 de febrero de 2011

Vete de mí - Homero Espósito



Tú, que llenas todo de alegría y juventud
y ves fantasmas en la noche de trasluz
y oyes el canto perfumado del azul
vete de mí.

No te detengas a mirar
las ramas viejas del rosal
que se marchitan sin dar flor,
mira el paisaje del amor
que es la razón para soñar y amar.

Yo, que ya he luchado contra toda la maldad,
tengo las manos tan deshechas de apretar

que ni te puedo sujetar,
vete de mí.

Seré en tu vida lo mejor
de la neblina del ayer
cuando me llegues a olvidar
como es mejor el verso aquel
que no podemos recordar.



por Homero Espósito

miércoles, 16 de febrero de 2011

martes, 15 de febrero de 2011

Poema VIII


La brillante luz
como detrás de la palabra
sólo sol. Ahí.

¿Y qué decir

sin escribir sol, llanura
intemperie?

La palabra, sola

en su extensión
¿sin sentido? Sol,
llanura,
intemperie,
queda enraizada la imagen
insondable
un sol sobre la llanura

desnudo

como una mancha

viajando a la muerte.

Solo en la intemperie
de sí.

lunes, 14 de febrero de 2011

Tankas


I

Como luciérnaga
en noche cerrada
sobre la llanura
de la pampa,
parpadea mi corazón.


II

Cuando parpadea
la luz intermitente
comparte el tiempo
en presente y recuerdo,
frágil estabilidad.



III

Como viento Sur
por la tierra que cruza
trae alivio
sobre el caluroso Norte,
regocijas mi alma.



Por Gonzalo Sueiro
.

domingo, 13 de febrero de 2011

Poema VII




Quién pudiera verte desnuda
Luna
despojada de banderas
y pisadas
lejos de rusos y de yankies.
Quién pudiera verte
luna
con ojos de astrónomo
o poeta
en Nueva york o Paraná
pero desnuda
despojada de halo
y la pomposa retórica
que te cubre
pero en bolas, Luna


viernes, 11 de febrero de 2011

Poema VI

"Como un mar la muerte viene del sur y anda en el sol"
Juan L Ortiz




Por Gonzalo Sueiro

viernes, 17 de diciembre de 2010

El Gozante - Manuel J. Castilla



El Gozante

a Ricardo Molinari

Me dejo estar sobre la tierra porque soy el gozante.
El que bajo las nubes se queda silencioso.
Pienso: si alguno me tocara las manos
se iría enloquecido de eternidad,
húmedo de astros lilas, relucientes.
Estoy solo de espaldas transformándome.
En este mismo instante un saurio me envejece y soy leña
y miro por los ojos de las alas de las mariposas
un ocaso vinoso y transparente.
En mis ojos cobijo todo el ramaje vivo del quebracho.
De mi nacen los gérmenes de todas las semillas y los riego llorando con rocío.

Sé que en este momento, dentro mío,
nace el viento como un enardecido río de uñas y de agua.
Dentro del monte yazgo preñado de quietudes furiosas.
A veces un lapacho me corona con flores blancas
y me bebo esa leche como si fuera el niño más viejo de la tierra.

Miro los cachos del banano,
veo arañar sus dulces dedos de oro
y en las sandías
los genitales verdes del verano llenan mi corazón de poblaciones.
Siento que estoy tapado por luciérnagas
y que en mi pelo crece la niñez del relámpago.

Lo que pisa mi piel igual que arena lo traga para siempre.
La sombra de los pájaros es como un agua negra que acaricia mi nuca.
Una hormiga me deja su ají breve en la boca
y me voy a los tumbos en la noche
por el agujereado camino de los sapos.
¿Quién me arrima la paz de la tortuga?
¿Quién desempoza el tiempo de su cáscara?

Soy el que por la piedra lechosa del quirquincho
bebe en miel las abejas
como el rocío maduro de la música.
¿A dónde irán mis ojos llenos de hojas?
¿Por dónde en ellos vagará el cielo yéndose?

Me mira Dios y sé que aquí, yaciendo,
lo estoy haciendo despaciosamente.

De cara al infinito
siento que pone huevos sobre mi pecho el tiempo.
Si se me antoja, digo, si esperase un momento,
puedo dejar que encima de mi ingles
amamante la luna sus colmillos pequeños.

Miren mis ojos cuando yo estoy pensando a ver si es que les miento.
Zorros la cola como cortaderas,
gualacates rocosos,
corzuelas con sus ángeles temblando a su costado,
garza meditabundas
yararás despielándose,
acatancas rodando la bosta de su mundo,
todo eso está en mis ojos que ven mi propia triste nada y mi alegría.

Después, si ya estoy muerto,
échenme arena y agua. Así regreso.

Junio, 1970

de Manuel J Castilla

sábado, 13 de noviembre de 2010

Jacobo Fijman, El Otro

El Otro

Tarde de invierno.
Se desperezan mis angustias
como los gatos;
se despiertan, se acuestan;
abren sus ojos turbios
y grises;
abren sus dedos finos
de humedad y silencios detallados.

Bien dormía mi ser como los niños,
y encendieron sus velas los absurdos!

Ahora el Otro está despierto;
se pasea a lo largo de mi gris corredor,
y suspira en mis agujeros,
y toca en mis paredes viejas
un sucio desaliento frío.

¡La esperanza juega a las cartas
con los absurdos!
Terminan la partida
tirándose pantuflas.

Es muy larga la noche del corazón.

Por Jacobo Fijman

viernes, 18 de junio de 2010

PACO


La pura verdad


Si ustedes lo permiten,
prefiero seguir viviendo.

Después de todo y de pensarlo bien, no tengo
motivos para quejarme o protestar:

siempre he vivido en la gloria: nada
importante me ha faltado.

Es cierto que nunca quise imposibles; enamorado
de las cosas de este mundo con inconsciencia y dolor
y miedo y apremio.

Muy de cerca he conocido la imperdonable alegría; tuve
sueños espantosos y buenos amores, ligeros y culpables.

Me averguenza verme cubierto de pretensiones; una gallina torpe,
melancólica, débil, poco interesante,

un abanico de plumas que el viento desprecia,
caminito que el tiempo ha borrado.

Los impulsos mordieron mi juventud y ahora, sin
darme cuenta, voy iniciando
una madurez equilibrada, capaz de enloquecer a
cualquiera o aburrir de golpe.

Mis errores han sido olvidados definitivamente; mi
memoria ha muerto y se queja
con otros dioses varados en el sueño y los malos sentimientos.

El perecedero, el sucio, el futuro, supo acobardarme,
pero lo he derrotado
para siempre; sé que futuro y memoria se vengarán algun día.
Pasaré desapercibido, con falsa humildad, como la
Cenicienta, aunque algunos

me recuerden con cariño o descubran mi zapatito
y también vayan muriendo.

No descarto la posibilidad
de la fama y del dinero; las bajas pasiones y la inclemencia.

La crueldad no me asusta y siempre viví deslumbrado
por el puro alcohol, el libro bien escrito, la carne perfecta.

Suelo confiar en mis fuerzas y en mi salud
y en mi destino y en la buena suerte:

sé que llegaré a ver la revolución, el salto temido
y acariciado, golpeando a la puerta de nuestra desidia.

Estoy seguro de llegar a vivir en el corazón de una palabra;
compartir este calor, esta fatalidad que quieta no
sirve y se corrompe.

Puedo hablar y escuchar la luz
y el color de la piel amada y enemiga y cercana.

Tocar el sueño y la impureza,
nacer con cada temblor gastado en la huida

Tropiezos heridos de muerte;
esperanza y dolor y cansancio y ganas.

Estar hablando, sostener
esta victoria, este puño; saludar, despedirme

Sin jactancias puedo decir
que la vida es lo mejor que conozco.


Del otro lado, Francisco Urondo

martes, 8 de junio de 2010

Balada del jinete muerto


Balada del jinete muerto de Conrado Nalé Roxlo


Ay, alazán, alazán
si llegaremos a tiempo.
Rojas traigo las espuelas
de tu sangre, compañero,
y mi blusa azul manchada
de sangre en el lado izquierdo.
¡Cómo resuena el camino
bajo tus cascos ligeros!
¡Si llegaremos a tiempo!...
Sólo tu sombra se alarga
por el suelo ceniciento.
Ay, que mi sombra no va
con la tuya, compañero.
Alazán, alazán mío,
no corras, que ya no es tiempo.

Cuando llegues a la casa
-¡Cómo me duele el recuerdo!-
oirás cantar la roldana,
te darán un cubo fresco,
y ella, de brazos desnudos,
irá a abrazarte gimiendo;
sus lágrimas correrán
con el sudor de tu cuerpo,
y oirás cantar a mis hijos
la canción del padre muerto.

Ay, alazán, alazán,
no corras, que ya no es tiempo.

lunes, 7 de junio de 2010

Horacio, Carminum IV, 3


Quem Tu, Melpomene, semel
nascentem placido lumine videris
illum non labor Isthmius
clarabit pugilem, non equos inpiger
curru ducet achaico
victorem, neque res bellica deliis
ornatum foliis ducem,
quod regum tumidas contuderit minas,
ostendet capitolio:
sed quae tibur aquae fertile prae fluunt
et spissae nemorum comae
fingent aeAeolio carmine nobilem.
Romae, principis urbium,
dignatur suboles inter amabilis
vatum ponere me choros,
et iam dente minus mordeor invido.
O testudinis aureae
dulcem quae strepitum pieri temperas,
o mutis quoque piscibus
donatura cycni, si libeat, sonum,
totum muneris hoc tui est,
quod monstror digito praetereuntium
romanae fidicen lyrae;
quod spiro et placeo, si placeo, tuum est.


Tú, Melpómene, una vez al que
al nacer observate con la luz plácida de tus ojos,
no haran célebre aquel luchador el juego
Istmico, no conducirá el fogoso caballo
en el carro de Acaya
vencedor, ni las artes bélicas exhibirá
al general adornado con hojas de Delos
porque ha humillado las amenazas henchidas de reyes
en el capitolio:
sino las aguas que riegan la fértil Tibur
y los densos follajes frondosos
darán forma noble en el canto Eolio.
La posteridad de Roma, la princesa de las ciudades,
juzga digno ponerme entre los coros
amables de sus poetas,
y ya me muerde menos con diente envidioso.
Oh Piérida, que templas
el dulce estrépito de la lira de oro.
oh Tú, que también darías el sonido del cisne
si quisieras, a los mudos peces,
lo esencial es un regalo de tí,
si soy señalado con el dedo de los que pasan
como el templador de la cítara romana;
que esté inspirado y agrade, si es que agrado, es por tí. *


Melpómene: musa que preside a la tragedia. La representan joven, de aspecto serio, ricamente vestida calzada con coturno, con cetros y coronas en una mano, y un puñal en la otra.

* versión de Gonzalo Sueiro

miércoles, 3 de marzo de 2010

Poemas Chinos

El Yangtsé

Poema

Con un manojo de blancos lotos
hurtados del lago
Regresa una doncella
remando en su pequeño bote.
No puede ocultar las huellas
porque la embarcación
A traves de los flexibles juncos
dibuja su delatora estella.

de PO CHÜ-I


Plática en los montes

Si me preguntases por qué habito
entre los verdes montes,
reiría en silencio;
mi alma está en calma.
El capullo del duraznero
sigue el movimiento del agua;
Hay otro cielo y otra tierra
más allá del mundo de los hombres.

de LI PO


Atardecer de otoño

Mientras el aire frío se desliza
debajo de la estera
y el desnudo muro de la ciudad
palidece con la luna otoñal,
veo un ánsar solitario
que cruza el Río de las estrellas,
y oigo en la noche, golpear
sobre las piedras
las mil mazas de lavar.
Pero en vez de desear que la estación
a medida que huye
me lleve también a mí,
encuerto tu poema tan hermoso
que me olvido del retorno
de las aves a sus nidos.

de HAN HUNG

martes, 2 de marzo de 2010

Wallace Stevens




Siempre puede haber un tiempo de inocencia.
Nunca existe un lugar. O si no existe un tiempo,
Si no es cosa de tiempo, ni de espacio,

Existiendo, a solas, en su idea,
En el sentido contra la calamidad, no es por ello
Menos real. Para el filósofo más frío y más anciano

Hay o debe de haber un tiempo de inocencia
Como puro principio. Su naturaleza es su fin,
Que debería ser y no ser a un tiempo, una cosa

Que estimula la piedad de un hombre piadoso,
Como un libro al atardecer, hermoso pero falso.
Como un libro al alba, hermoso y verdadero.

Es como una cosa de éter que existe
Casi como predicado. Pero existe,
Existe, y es visible, existe, es.

Así, entonces, estas luces, no son un hechizo de luz,
Un refrán caído de una nube, sino inocencia.
Inocencia de la tierra y no un signo falso

O un símbolo de malicia. Que participamos
De eso mismo, yacemos como niños en esta santidad,
Como si, despiertos, yaciésemos en la quietud del sueño,

Como si la madre inocente cantase en la oscuridad
De la habitación y en un acordeón ¡ apenas oído,
Crease el tiempo y el espacio en el que respirábamos...

Wallace Stevens, De "Las auroras de otoño" (1950)

miércoles, 24 de febrero de 2010

Poemas V



Viene y va. Combato su vuelo pútrido sobre la belleza septembrina.

En su intento por huir reduce su hambre a pequeños sorbos, migajas que desgarra apresuradamente procurando escapar de mi veneno que, pestilente, busca la mortal herida.
El rayo que no cesa. La muerte protectora que resguarda la belleza a su modo.
En los hálitos destilados de una solución que no perfuma pero mata, guarda la llave del nectar mismo que protege.
Busca por los rincones, esquiva, rehuye y vuelve a intentarlo. Pretende fingir que escapa, que su vuelo zigzagueante y de algun modo errático, es parte de su desaparición. Pero sólo se aleja para volver.
Procura hallar el intersticio, antes que su hambre la devore, para corromper la belleza
dejando su semilla en el interior mismo.
Ese es su método. Corroe desde el interior, desde lo más profundo con una paciencia de mar.

Entonces derramo por los alrededores de la belleza el aliento vital para su defensa.
Consumo sus espacios y ya no tiene oportunidad ninguna.
Su vuelo, agotado del infructuoso y terco intento por encarroñar lo bello, termina en la verde hoja calada.
Desde su visión compuesta de miles de ojos, todos en uno, me observan. Insulta en una lengua cifrada.
El díptero, posado en la hoja calada, exala agotada su imposibilidad por la aterida boca. Pretende volver pero ya no puede. Mi veneno exparcido ha derruido toda posibilidad.
Regresará mañana, como otra, para volver a la batalla.



por Gonzalo Sueiro